Carlos Marroquín / rotativoenlinea.com
Dentro de los trabajos de Franco Lázaro Gómez, nacido en la Heroica Ciudad de Chiapa de Corzo (1922-1949), se encuentra una colección de pinturas realizadas sobre “pared”, las cuales sean exhibido en el Excovento de Santo Domingo.
Alrededor de ocho matices, que fueron perpetradas entre 1939 y 1942, constatan el trabajo del creador, que por azares del destino murió ahogado cuando su obra empezaba a dar frutos; pero más allá de los hechos de una muerte prematura, Franco Lázaro deja un gran legado en sus acrílicos a color, pues plasman sin recovecos lo que siente y ve.
Si bien el grabador chiapaneco hizo de su obra un mundo de tradiciones, muy acorde a lo que vivía: mascaras de para chico, gente trabajando la tierra, el maíz como elemento de vida, lo hecho en el lugar más intimo de su casa, su cuarto, en los muros de sus maestros reflejan; esa necesidad de crear, de transmitir por medio de los colores un sentir de la nostalgia al pintar una “Botella de cerveza”.
Con una técnica que inicio con la enseñanza de su padre, alfarero de oficio; Franco empezó a mesclar los colores naturales, logrando la combinación del claro oscuro. Su obra la “Mascara de parachico”, (0.46 x 0. 47 metros), “Andaluza”, (0.55 x 0.49 metros) y “Botella de cerveza”, (1.13 x 0.62 metros), por mencionar algunos, conforman ese giro del artistas que nace entre colores diversos y se confina entre el grabado monocromático.
Cada uno de los trabajos del artista chiapaneco, da fe de las actividades que los capitalinos realizaban en aquella época, el glamur, la bebida y las formas de vestir, que se pueden observar en su trabajo plástico.
Una de las pinturas que llaman la atención por le descripción del mítico “parachico”, es precisamente la “Mascara de parachico”, mural que muestra –como lo contaban los viejitos- a este tradicional personaje.
Describir lo que Franco Lázaro dejo e hizo en la pared de su cuarto y otras, permea lo limitante de los materiales, ya que también realizó pinturas en costales de maíz.
Dentro del grabado de Lázaro, constato su inclinación hacia el surrealismo, y en su pintura la realidad y la búsqueda de su propia técnica, un ensayo extraordinario a la pupila del público.
Las obras de Lázaro se muestran bien conservadas, aunque tuvieron que pasar más de 18 años para poder estar donde están; en 1975 hubo un temblor que daño seriamente el trabajo del chiapaneco, quedando en manos del Centro Nacional de Conservación de obras Artísticas del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura para su restauración, pero fueron recuperados por Doña Victoria Gómez y Don Gilberto Utrilla, hermana y cuñado respectivamente, para ser donadas al pueblo de Chiapa de Corzo, bajo el cuidado del Coneculta Chiapas en el 2002, en apoyo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (Inah).


